Opinión | ¡A LA CARGA! : Amylkar Acosta Medina
El 9 de abril de 1948, un oscuro personaje que respondía al nombre de Juan Roa Sierra descerrajó tres balazos sobre la humanidad del caudillo liberal Jorge Eliécer Gaitán, cegándole la vida y desatando, con este magnicidio, la mayor conflagración de nuestra historia republicana.
El asesino fue linchado y su cuerpo, inerme, arrastrado por la multitud por toda la Séptima hasta el Palacio Presidencial, donde finalmente fue abandonado. Las turbas enardecidas se lanzaron a las calles destruyendo cuanto encontraban a su paso, especialmente en la capital, que fue virtualmente reducida a escombros por los desmanes y desafueros de los exaltados. Estos episodios se conocen como el Bogotazo.
Este sería solo el preámbulo de una larga historia de crímenes y atrocidades sin precedentes que asolaron al país desde entonces y que se prolongó hasta el advenimiento del Frente Nacional en 1958. Esta etapa ignominiosa de nuestro devenir es la que se ha dado en llamar La Violencia en Colombia, magistralmente documentada por Monseñor Germán Guzmán Campos, el jurista Germán Umaña Luna y el sociólogo Orlando Fals Borda en su obra homónima.
Las circunstancias en las que fue asesinado Gaitán fueron muy similares a las que rodearon el atentado que le costó la vida al también dirigente liberal y jefe del Nuevo Liberalismo, Luis Carlos Galán Sarmiento. Ambos se erigieron como disidentes del Partido Liberal; contaban con una fuerza arrolladora que los proyectaba hacia el poder mediante las urnas, y compartieron un destino trágico que frustró a toda una generación que vio en ellos la oportunidad de cambio.
Bien se ha dicho que la historia se repite: una vez como tragedia y otra como comedia. Pero, en el caso de Colombia, lo que hemos vivido es una verdadera tragicomedia.
La corrupción que imperaba en su época fue solo un pálido reflejo de la que sobrevendría después, para escarnio de una patria agobiada por una sumatoria de crisis no resueltas. Sus arengas por la restauración moral de la República —¡a la carga!— hoy más que nunca recobran vigencia. Y qué decir de la violencia exacerbada que aún nos agobia, haciendo de nuestro tiempo una prolongación de aquellos días, sin que se vislumbre la luz al final del túnel.
Gaitán distinguió entre el “país nacional” y el “país político”, como una forma de evidenciar el divorcio existente —y persistente— entre ambos, producto del clientelismo, el gamonalismo y la degradación de la política. Sus planteamientos, pese a los 76 años transcurridos desde su magnicidio y 121 años desde su natalicio, mantienen plena vigencia, especialmente en lo social, que fue su gran obsesión.
Cuando demandaba del Estado “procurar que los ricos sean menos ricos y los pobres sean menos pobres”, propugnaba por la superación de la exclusión social y los profundos contrastes que han caracterizado históricamente a la sociedad colombiana. Hoy, Colombia continúa siendo uno de los países más desiguales de América Latina, región que, a su vez, figura entre las más inequitativas del mundo.
Razón tenía Gaitán cuando afirmaba que no era un hombre, sino un pueblo, al que encarnaba e interpretaba con fidelidad y compromiso.
Parodiando al general Rafael Uribe Uribe, quien sostuvo que el Partido Liberal debía abrevar en las canteras del socialismo para sobrevivir, no resulta exagerado afirmar que la figura de Gaitán seguirá siendo fuente de inspiración para futuras generaciones.
Como bien lo expresó Jorge Luis Borges, “los hombres y los siglos vuelven cíclicamente”. Sin embargo, pasarán muchos años antes de que Colombia vuelva a tener un caudillo de la estatura moral de Gaitán. Aún hoy retumba su encendido discurso, exhortando al pueblo a levantarse contra la injusticia y la corrupción.
En esta fecha aciaga —que coincide con la conmemoración del Día Nacional de la Memoria y Solidaridad con las Víctimas, establecido por la Ley 1448 de 2011— resulta inevitable recordar sus palabras premonitorias:
“No creo que por grandes que sean las cualidades individuales, haya nadie capaz de lograr que sus pasiones, sus pensamientos o sus determinaciones sean la pasión, el pensamiento y la determinación del alma colectiva… Ninguna mano del pueblo se levantará contra mí y la oligarquía no me mata, porque sabe que si lo hace el país se vuelca y las aguas demorarán 50 años en regresar a su nivel normal… El que sentencia una causa sin oír la parte opuesta, aunque sentencie lo justo, es injusta esa sentencia”.
Después de más de siete décadas, las aguas aún no regresan a su nivel normal.
¿Cuántos muertos más tendremos que esperar para que vuelvan a su cauce?
