Opinión | EL FRACKING 6.0: Amylkar Acosta Medina
Lo primero es que, teniendo conocimiento de la disminución sostenida de las reservas probadas de hidrocarburos —tanto de petróleo como de gas—, resulta difícil justificar la decisión de descartar la firma de nuevos contratos de exploración y explotación. A ello se suma la suspensión de los proyectos piloto que estaban llamados a determinar, con criterios técnicos y científicos, la viabilidad de implementar la técnica del fracking en Colombia para explotar los yacimientos no convencionales, reconocidos por su alta prospectividad.
La decisión de frenar estos pilotos respondió principalmente a consideraciones ideológicas. Paralelamente, el Gobierno promovió y respaldó iniciativas legislativas encaminadas a prohibir esta tecnología. Como consecuencia, el país renunció a la posibilidad de conocer con certeza si el fracking podía desarrollarse de manera segura y eficiente en el territorio nacional.
De haberse comprobado su viabilidad, Colombia habría contado con una herramienta para revertir la caída de las reservas de hidrocarburos, incrementar la producción de petróleo y gas, y fortalecer tanto su seguridad como su soberanía energética. Al impedir que se realizara dicha evaluación, el Gobierno asume una cuota de responsabilidad en la pérdida de estas oportunidades.
La evolución tecnológica del fracking
Gran parte de las críticas formuladas por los opositores al fracking están asociadas a las primeras generaciones de esta tecnología. Sin embargo, el desarrollo técnico ha sido significativo y actualmente se habla de una nueva etapa conocida como “Fracking 6.0”, caracterizada por una reducción considerable de los impactos ambientales y operativos.
Esta evolución incorpora herramientas de inteligencia artificial y monitoreo sísmico en tiempo real para optimizar la perforación, aumentar la precisión y reducir el número de pozos requeridos. También permite el uso de plataformas multipropósito que disminuyen la huella superficial de las operaciones.
Entre los avances más destacados se encuentran la reutilización y el reciclaje de aguas de producción, reduciendo la necesidad de utilizar agua dulce; la implementación de fluidos biodegradables y menos tóxicos; el uso de arenas sintéticas de menor impacto ambiental; y la reducción sustancial de sustancias químicas peligrosas.
Asimismo, la transición hacia la electrificación de los procesos productivos ha permitido reemplazar gradualmente el consumo de diésel por energía eléctrica, preferiblemente proveniente de fuentes renovables. Esto contribuye a disminuir las emisiones de gases de efecto invernadero.
Los sistemas de sellamiento y encamisado de pozos también han mejorado significativamente, reduciendo los riesgos de filtraciones. Un aspecto clave de esta nueva generación tecnológica es el control y captura de emisiones fugitivas de metano, uno de los principales cuestionamientos ambientales asociados históricamente al fracking.
Mayor precisión y menor impacto
Desde el punto de vista técnico, la combinación de perforación horizontal multilateral, modelamiento geológico tridimensional y sensores inteligentes ha permitido optimizar la ubicación de los pozos y reducir la cantidad de intervenciones necesarias.
Actualmente, algoritmos de inteligencia artificial analizan en tiempo real variables como presión, microsismicidad y comportamiento de fluidos, ajustando las operaciones para maximizar la eficiencia y minimizar riesgos. El resultado es una menor huella ambiental y un menor consumo de agua por barril producido.
El giro de Claudia Sheinbaum
Esta evolución tecnológica explica, en parte, el cambio de postura de la presidenta de México, Claudia Sheinbaum, frente al uso del fracking.
Durante una rueda de prensa realizada el 9 de abril, la mandataria defendió la posibilidad de utilizar tecnologías modernas para la extracción de gas no convencional mediante fracturación hidráulica, argumentando que pueden contribuir a fortalecer la soberanía energética de su país con menores impactos ambientales.
“Hay que estar abiertos a estas nuevas tecnologías para fortalecer la soberanía nacional. Son nuevas tecnologías de explotación con menores impactos ambientales que nos abren la posibilidad de utilizar ese gas. De las primeras tecnologías que se usaron a las actuales hay una diferencia muy grande”, afirmó.
Sus declaraciones marcaron un contraste con posiciones anteriores y evidencian una visión más pragmática frente a los desafíos energéticos.
El caso del Permian
Como ejemplo de los avances alcanzados, se suele citar el desempeño ambiental de la Cuenca del Permian, en Texas, Estados Unidos, donde Ecopetrol participa junto a OXY en proyectos de explotación mediante fracking.
Según datos citados por los defensores de esta tecnología, en dicha región se generan alrededor de ocho kilogramos de CO₂ por cada barril producido. En contraste, algunos campos convencionales en Colombia registran emisiones cercanas a los 64 kilogramos de CO₂ por barril extraído, una diferencia que evidencia el potencial de las nuevas tecnologías para mejorar la eficiencia ambiental de las operaciones.
Fracking y captura de carbono
Otro aspecto relevante es que, en algunos desarrollos avanzados, la infraestructura utilizada para la fracturación hidráulica puede adaptarse al final de la vida útil del yacimiento para la inyección de dióxido de carbono en formaciones geológicas profundas.
Esto abre la posibilidad de implementar modelos híbridos que combinen la explotación de hidrocarburos no convencionales con estrategias de captura y almacenamiento de carbono, contribuyendo parcialmente a los objetivos de descarbonización.
Una lección de pragmatismo
El debate sobre el fracking continúa siendo complejo y controversial. Sin embargo, la experiencia internacional demuestra que la tecnología ha evolucionado de manera significativa y que muchos países están reevaluando sus posiciones a la luz de los desafíos energéticos actuales.
La principal lección que deja el caso de Claudia Sheinbaum es que los principios pueden coexistir con el pragmatismo cuando se trata de garantizar la seguridad energética, la competitividad económica y el bienestar de la población.
