abril 21, 2026

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El cementerio del imperio

Por; José Luis Avella Romero

Hay un lugar donde los imperios mueren, aunque no siempre con estruendo, a veces con el murmullo de la retirada, la confusión del propósito perdido o el silencio de un helicóptero despegando desde una azotea. Para Estados Unidos, esa superpotencia forjada en la Segunda Guerra Mundial y moldeada en la Guerra Fría, ese lugar no es geográfico, sino histórico: es una sucesión de guerras donde el poderío militar, tecnológico y económico no fue suficiente. Es el cementerio del imperio.

Vietnam fue la primera lápida visible, una guerra en la selva que enfrentó a la mayor potencia del siglo XX contra un pueblo campesino decidido a no ser dominado. El discurso era detener el comunismo; la realidad, una intervención que terminó en desastre. Más de 58 mil soldados estadounidenses muertos, millones de vietnamitas asesinados y una retirada caótica en 1975 que todavía hoy define el concepto del fracaso militar moderno.

Luego vino Líbano, en los años 80, donde los marines desembarcaron con la intención de estabilizar un país desgarrado por la guerra civil. La realidad fue un atentado suicida en 1983 que mató a 241 militares estadounidenses. Reagan, que había prometido firmeza, se retiró poco después. Un mensaje claro: incluso las misiones “limitadas” pueden volverse insostenibles cuando se desconoce la dinámica local.

En Somalia, en 1993, el fracaso llegó en forma de cuerpos arrastrados por las calles de Mogadiscio. Lo que empezó como una operación humanitaria derivó en combate urbano sin sentido claro. El derribo de dos helicópteros Black Hawk y la muerte de 18 soldados marcó un punto de inflexión: el miedo al “fracaso somalí” pesaría durante años en la política exterior estadounidense.

Pero el capítulo más doloroso —y largo— fue Afganistán. Dos décadas de ocupación, miles de millones de dólares gastados, decenas de miles de muertos, y al final, el mismo enemigo (los talibanes) retomando el poder en 2021 apenas días después de la retirada. Un déjà vu con ecos de Saigón: aviones huyendo, embajadas evacuadas, promesas incumplidas. Una generación entera de soldados, y de afganos, marcados por una guerra sin victoria.

Incluso las guerras “parcialmente exitosas” tienen su lugar en este cementerio.

Corea nunca fue una victoria completa. El armisticio de 1953 congeló el conflicto, pero no lo resolvió. Corea del Norte sigue siendo un régimen aislado y nuclearizado, un testimonio viviente de que el poder militar no puede imponer una paz duradera sin una solución política real.

Irak, por su parte, fue una victoria militar transformada en pesadilla estratégica. La caída de Saddam Hussein en 2003 se vendió como un triunfo, pero lo que siguió fue una insurgencia brutal, una guerra sectaria, la aparición del Estado Islámico y una región aún más inestable. EE.UU. ganó la guerra… y perdió la paz.

En todos estos escenarios, el patrón se repite: una intervención justificada en nombre de la libertad, la seguridad o la democracia, seguida de un lodazal de complejidades culturales, políticas y sociales que no se resuelven con drones ni portaaviones. La guerra moderna no se gana con músculo, sino con comprensión —y esa ha sido la gran debilidad del imperio.

“El cementerio del imperio” no está en Asia, ni en Medio Oriente, ni en África. Está en la memoria colectiva de una nación que, con cada conflicto, ha ido perdiendo algo más que soldados: ha perdido legitimidad, coherencia, y a veces, su alma.

Notidia24horas

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