abril 18, 2026

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Opinión | los recovecos de los diccionarios: Amylkar Acosta Medina

(A propósito del Día del Idioma)

El Día del Idioma no es solo una efeméride escolar ni una cita de calendario: es, en esencia, un recordatorio de que habitamos el mundo a través de las palabras. Como afirmó el filósofo y ensayista rumano Emil Cioran, “habitamos una lengua en lugar de un país”. Y si el idioma es la casa común, los diccionarios son sus planos, sus cimientos y, a veces, también los notarios silenciosos de las palabras, esas que —según el jurista y exmagistrado Mario Alario Di Filippo— “tienen dignidad e interés histórico y humano”.

Desde que la Real Academia Española (RAE) emprendió la tarea de “limpiar, fijar y dar esplendor” a la lengua, el diccionario dejó de ser una simple lista de términos para convertirse en un espejo —imperfecto y siempre en construcción— de la sociedad que lo habla. Cada palabra que entra en sus páginas trae consigo una historia: el territorio donde nació, las voces que la moldearon y las tensiones que la hicieron necesaria.

En América Latina, donde el idioma se volvió mestizo desde el primer encuentro de civilizaciones, el diccionario ha tenido que aprender a escuchar. Voces indígenas, giros caribeños, modismos andinos y neologismos urbanos han ido abriéndose paso, desafiando la idea de un español único y monolítico.

El diccionario, entonces, no manda: registra. No dicta: dialoga. Su autoridad no proviene de la rigidez, sino de su capacidad de adaptarse sin perder coherencia. En tiempos de redes sociales y escritura vertiginosa, cuando las palabras nacen y mutan a la velocidad de un clic, su papel resulta más crucial que nunca: ordenar sin sofocar, orientar sin censurar.

Sin embargo, los diccionarios son también artefactos curiosos que pretenden domesticar el idioma, como si las palabras fueran animales salvajes encerrados en jaulas alfabéticas. Uno los abre con la ingenua esperanza de encontrar significados exactos y termina hallando algo más modesto: la opinión respetable —no siempre respetada— de expertos sobre lo que creen que las palabras deberían significar.

Sobre su utilidad en el “oficio azaroso” del escritor, como lo llamó Gabriel García Márquez, no hay duda. Al final, escribir sigue siendo “poner una letra después de la otra” para hacerse entender. Pero, como advertía el propio Gabo, “las palabras no las hacen los académicos en las academias, sino la gente en la calle”. Los diccionarios las capturan tarde, las ordenan, y muchas veces lo hacen cuando ya han cambiado de sentido.

De hecho, todo diccionario empieza a desactualizarse antes de ser publicado. El lenguaje —indisciplinado y errante— vive en la conversación cotidiana, en el humor, en el insulto creativo y en la poesía espontánea. Mientras el diccionario intenta fijar el significado, la gente ya lo ha transformado.

Y, sin embargo, incluso los más irreverentes terminan recurriendo a él. El diccionario es como ese profesor gruñón al que se critica durante años, pero al que se consulta en secreto. Sirve para orientarse, para debatir con fundamento o para descubrir que una palabra que creíamos nueva ya existía desde hace siglos.

También tiene algo de cementerio respetable: allí reposan palabras que alguna vez estuvieron vivas y hoy sobreviven apenas en la memoria de algunos. Pero no solo guarda palabras muertas; también observa con recelo las nuevas. Cada término emergente debe pasar por años de uso antes de ser aceptado, como un invitado examinado con desconfianza antes de entrar.

Por eso, consultar un diccionario es, en cierto modo, un acto ligeramente subversivo. Uno lo abre esperando obedecerlo y termina discutiendo con él. ¿De verdad esa palabra significa solo eso? ¿Dónde quedan los matices, las ironías, las intenciones con que la usamos a diario?

Celebrar el Día del Idioma es, entonces, celebrar también la vigencia del diccionario como herramienta de ciudadanía. Porque quien domina las palabras comprende mejor el mundo, y quien las comprende está en mejor posición para transformarlo.

En el fondo, el diccionario no tiene la última palabra. Su verdadera función es dejar constancia de cómo hablamos cuando nadie estaba vigilando. Es una especie de álbum del lenguaje: algunas imágenes son nítidas, otras borrosas, pero todas muestran que las palabras —afortunadamente— siempre van un paso por delante de quienes intentan ordenarlas.

Quizás por eso, cada vez que abrimos un diccionario —en papel o en pantalla— repetimos un gesto profundamente democrático: reconocer que el idioma no pertenece a nadie en particular, sino a todos los que lo usamos, lo cuidamos y lo reinventamos cada día.

Esos son, al fin y al cabo, los recovecos de los diccionarios.

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