julio 22, 2026

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Opinión | Mi paso por el parlamento: Amylkar Acosta Medina

Amylkar D. Acosta M. Expresidente del Congreso de la República

La democracia es una carrera de relevos. Ninguna generación ni ningún dirigente es dueño de la posta; apenas tiene el honor y la responsabilidad de llevarla durante un tramo para entregarla, fortalecida, a quienes vienen después. Ese ha sido también mi caso.

El pasado 20 de julio vivimos un momento histórico, emotivo y profundamente significativo con la inauguración del Salón de Presidentes del Congreso de la República y la develación de la galería de retratos de quienes hemos ocupado la Presidencia del Congreso entre 1991 y 2026. Las obras, realizadas con gran talento por la artista Kathy Arenas, quedaron expuestas en el Capitolio Nacional como parte de la memoria institucional del país.

Somos 37 expresidentes del Congreso los que integramos esta galería, siete de los cuales ya partieron al encuentro con el Señor. La ceremonia fue organizada de manera impecable por la Oficina de Protocolo de la Presidencia del Senado, bajo la dirección de Enma Elisa Illera, y estuvo presidida por el actual presidente del Senado y del Congreso, Lidio García. También asistió el hoy Procurador General de la Nación, Gregorio Eljach, quien durante muchos años se desempeñó como secretario general del Senado.

Este homenaje me llevó inevitablemente a recordar mi propia trayectoria parlamentaria.

Fui elegido senador por primera vez en 1991. En ese momento me desempeñaba como viceministro de Minas y Energía del gobierno del presidente César Gaviria. La Asamblea Nacional Constituyente, que deliberaba entonces, decidió revocar el mandato de los congresistas elegidos en 1990 y convocar nuevas elecciones bajo la modalidad de circunscripción nacional para el Senado.

Esa decisión fue la que me animó a renunciar al cargo de viceministro y asumir el desafío de aspirar a una curul en el Senado de la República. Alcancé ese propósito y, por orden alfabético, tuve el honor de presidir la instalación del nuevo Congreso surgido de la Constitución de 1991. En esa ocasión pronuncié, ante el Congreso pleno reunido en el Salón Elíptico, el discurso titulado “Hacia un nuevo país”.

Con especial emoción recuerdo también mi elección, por aclamación de mis colegas, como presidente del Congreso para el período 1997-1998. Fue una época particularmente compleja, marcada por una profunda crisis política y un ambiente de violencia que ponía a prueba la estabilidad institucional del país.

Desde el comienzo de mi vida parlamentaria me propuse permanecer tres períodos en el Congreso, y así fue. Ejercí como senador hasta 2002. Inicié ese recorrido con cerca de 24.000 votos en 1991, ocupando el puesto 98 entre los 100 senadores elegidos; como suele decirse, “dejé el pelo en el alambre”, pero logré llegar al Senado. Once años después me retiré con un respaldo cercano a los 60.400 votos, demostrando un crecimiento sostenido de la confianza ciudadana.

Muchos me preguntaron entonces por qué decidía retirarme cuando mi carrera política parecía ir en ascenso. Mi respuesta siempre fue la misma: uno debe saber retirarse a tiempo; es mejor hacerlo cuando la gente quiere que uno permanezca, y no cuando desea que uno se vaya.

Mi paso por el Congreso reafirmó una convicción que siempre he sostenido: de la estrecha relación entre la política y la academia se benefician ambas. Además, tuve la oportunidad de demostrar que es posible ejercer la política con honradez y transparencia.

Por eso, al concluir mi ciclo parlamentario, regresé plenamente a la academia, una vocación que nunca abandoné ni siquiera durante mis años como senador o como ministro. Afortunadamente, la Constitución de 1991 permitió que los congresistas continuáramos ejerciendo la cátedra, aun cuando prohibió el ejercicio simultáneo de otras profesiones.

Hoy recibo con profunda gratitud y emoción el honor de ver mi retrato incorporado a la galería de expresidentes del Congreso de la República.

Esta galería no representa simplemente una sucesión de imágenes. Constituye la memoria institucional de una de las ramas fundamentales del poder público y un reconocimiento a quienes, desde distintas visiones y en diferentes momentos de nuestra historia, tuvimos la responsabilidad de presidir el Congreso y contribuir al fortalecimiento de la democracia colombiana.

Asumo este homenaje con humildad. Lo entiendo no como un reconocimiento personal, sino como un homenaje al compromiso con el servicio público, al respeto por las instituciones y a la defensa del debate democrático como el camino para construir consensos en medio de las diferencias.

Tuve el privilegio de ejercer la Presidencia del Congreso en una etapa de enormes desafíos para Colombia. Siempre procuré actuar con ponderación, independencia de criterio, equilibrio y absoluto apego a la Constitución y a la ley, convencido de que la fortaleza de la democracia depende de la solidez de sus instituciones y del respeto por las reglas del juego.

Quiero expresar mi gratitud a mis colegas congresistas de entonces, a los servidores del Congreso, a mi familia, que ha sido mi apoyo permanente, y a todas las personas que hicieron posible el cumplimiento de esa honrosa responsabilidad.

Confío en que esta galería inspire a las nuevas generaciones de legisladores a ejercer su labor con integridad, sentido de Estado y auténtica vocación de servicio, poniendo siempre por encima de los intereses particulares el bienestar de Colombia.

Recibo este homenaje con el mismo compromiso con el que he procurado servir al país durante toda mi vida pública: la firme convicción de que las instituciones constituyen el patrimonio más valioso de una democracia y de que nuestro deber permanente es fortalecerlas, preservarlas y honrarlas para garantizar la bienandanza de nuestro amado país.

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