“El tsunami progresista que puede barrer el Congreso: por qué el triunfalismo de la derecha podría durar menos que un aguacero de verano”
Por: José Luis Avella Romero
El argumento que se intenta posicionar es simple: si una consulta obtiene más votos que otra, entonces ese sector político tiene más respaldo popular. Pero esa conclusión ignora un elemento fundamental del sistema electoral colombiano: el contexto en el que se producen las votaciones.
En la consulta donde resultó vencedor Cepeda, la participación se concentró básicamente en los simpatizantes del Pacto Histórico. No coincidía con una jornada de votación masiva para Congreso, lo que naturalmente reduce el universo de votantes. En cambio, la consulta en la que ganó Paloma Valencia se realizó en paralelo con elecciones de Senado y Cámara, lo que significa que millones de ciudadanos ya estaban en las urnas y podían participar fácilmente en la consulta. Esa diferencia de escenario electoral altera por completo cualquier comparación directa.
Pero más allá del debate coyuntural, hay un aspecto estructural que suele pasar desapercibido: el efecto arrastre de un gobierno en ejercicio sobre las elecciones legislativas.
Cuando un proyecto político gobierna y mantiene una base social movilizada, tiene la capacidad de jalonar listas al Congreso. Ese fenómeno ocurre porque la narrativa de gobierno, los programas sociales, la visibilidad mediática y la movilización territorial generan una red de apoyo que termina beneficiando a los candidatos legislativos del mismo sector.
En otras palabras, un gobierno progresista no solo compite por la Presidencia: también puede impulsar mayorías parlamentarias.
Ese efecto se ha visto repetidamente en América Latina. Cuando un proyecto político logra consolidar una identidad clara —reformas sociales, ampliación de derechos, redistribución o presencia territorial del Estado—, esa identidad se convierte en una marca electoral poderosa. Los candidatos al Congreso se presentan entonces como continuadores o defensores de ese proyecto, y eso suele traducirse en votos.
En Colombia, el progresismo ha demostrado tener una base electoral disciplinada y movilizada, especialmente en grandes ciudades y sectores populares. Si esa base se mantiene activa y el gobierno logra mostrar resultados tangibles, el escenario de las elecciones legislativas podría favorecer una ampliación de su representación en el Congreso.
Por eso, el triunfalismo prematuro de algunos sectores de derecha resulta políticamente arriesgado. Las consultas internas son fotografías momentáneas, no el resultado final de la correlación de fuerzas en una elección nacional.
El verdadero pulso político se mide cuando confluyen varios factores: participación masiva, movilización territorial, narrativa de gobierno y alianzas regionales. Y en ese tablero, el progresismo todavía tiene muchas fichas por mover.
En política, celebrar antes de tiempo suele ser un error estratégico. La historia electoral colombiana ha demostrado que las olas políticas no se miden por una consulta, sino por la capacidad de convertir apoyo social en mayorías legislativas.
Y si ese fenómeno se consolida, lo que hoy algunos presentan como una victoria simbólica podría terminar siendo apenas un espejismo en medio de una marea política mucho más grande.
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